Generaciones literarias

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Por: Elbert Coes.

Me atrevo a lanzar un vaticinio: en poco menos de diez años, Pereira tendrá literatura para todos los gustos. Desde el que precise usar las palabras y la melodía perfectas hasta el devoto prolífico de la cátedra de escritura creativa entregada por estadounidenses como Cristopher Vogler y Robert Mckee.

En Pereira, hoy las sillas en recitales no están vacías, y las tertulias no se confunden con ritos masónicos. Ya la línea entre los nacidos después de la segunda guerra mundial y sus nietos es disoluta. La poesía tiene la fuerza meliflua de enajenar a empleadas domésticas y albañiles lo mismo que Bach a melómanos. Los piropos llevan sonetos y esconden metáforas. A veces pienso que Orfeo —nuevo en el Olimpo— llegó allí a destapar la jaula de las letras y que Beethoven hizo lo propio por el oído del porvenir. Si la poesía se hace popular, lo popular será hermoso por primera vez en la historia de los sustantivos. La aristocracia ya no tienta antes de pisar el lugar donde hubo huella de mendigo; la admira, la respeta, sabe que en ella hay un poema.

Adultos y jóvenes son responsables de esta catarsis. Unos son permisivos y otros siembran mocedad. Este es el negocio de familia: la alegría del alma. Todos somos responsables.  El bigote de canas es hipster y la risa adolescente es intelectual y cadenciosa. Los primeros cuentan en historias el porqué de su izquierdo/derechismo y los segundos tratamos de sentir aquello sin conseguir nada; pero tenemos los temas del presente: nuestros temas. Aprendemos a contar historias gracias a la alegría y el ensueño con que los adultos las cuentan. Los imitamos para encontrar la identidad perdida desde hace siglos. Luego volamos.

El silencio sigue ocupando su tabernáculo, su eterno valor universal, máxime ahora que es compartido entre varias generaciones. La literatura fue desempolvada y pasada con un trapo húmedo como a botella de vino añejo. El decenio trajo consigo color y duda, dos cualidades propias de la juventud. La literatura pare —igual que conejos— escritores ansiosos; por fortuna, menos bohemios y más sedientos de justicia y verdad. Algunos avanzan a trompicones con la pesada piel del ego hasta que mudan como una serpiente y lanzan su verso a la vida y la vida les agradece.

En Colombia las letras tienen un papel socialmente relevante desde mucho antes del Nobel. Los jóvenes de esta ciudad quieren sostener esa columna, llevarla a las próximas generaciones, a sus tiempos, con la abnegada sinfonía del arpa de Orfeo y la obstinada rebeldía de Prometeo. Hay que legar lo legado. Supervivirlo.

Aquí las letras son el único estandarte imputrible. Aquí, el autor que traicione su obra deja de serlo, y aboquejarro se resuelve que nunca lo fue. Dejemos que los símbolos se queden en colores trillados y mantengamos las letras en letras, como imperativos categóricos sobre cualquier sistema sociopolítico, como olas de prana invisible que transforman las hojas secas de los árboles en semillas de trigo.

Son los jóvenes quienes llenan talleres, recitales de poesía y tertulias. No es culpa del adulto su propia ausencia. Ellos ya tuvieron su tiempo. Su papel actual es suceder y multiplicar. Ellos trajeron a éste tiempo sus andanzas, y su deambular se halla frente a frente con el mundo literario de los jóvenes. El joven tiene que ser testarudo para no rendirse ante la seducción de las letras una vez se las encuentra por accidente. Hoy día los ciegos leen, y esto es maravilloso, mañana habrá una población común tan crítica, que a la minoría dará vergüenza. Este es mi vaticinio. Y al final, no siempre haremos rimas, pero todos seremos lectores.

 

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