La maldición de los recursos en Colombia

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Por: Orlando Rodríguez García / @OrlandoRodGar

Se espera que los países con abundancia de recursos naturales describan un crecimiento económico alto. Sin embargo, se observa lo opuesto. La maldición de los recursos corresponde al desarrollo económico lento, volátil o negativo que experimentan los países con mayor fertilidad en recursos naturales.

Colombia es uno de los países megadiversos, al poseer más del 10% de biodiversidad mundial. La fertilidad en recursos naturales y el aumento efímero del precio de alguno de los productos naturales en el mercado mundial motivan al gobernante de turno a sobreextraer esta materia prima lo más pronto posible.

Diversos grupos ilegales armados, que en Colombia hoy denominan guerrilla y paramilitares, son atraídos por el comercio de esos recursos naturales, toman posesión de la tierra y desplazan a los habitantes rurales. Los grupos armados aprovechan el auge del precio del recurso para extorsionar a los productores o contrabandear.

Los desplazados deben huir vulnerables a la pobreza. Colombia registra más de seis millones de desplazados y es el segundo país con mayor número de desplazados internos, después de Siria, según la ONU.

Al caer el precio de ese producto, la economía entra en crisis y debe migrar hacia otro bien, como se pasa del tabaco al café, del café al petróleo y del petróleo a la minería. Se patina en un círculo vicioso de la extracción de recursos, la guerra y la pobreza.

La maldición tiene dos causas: la deficiencia del gobierno para garantizar el cumplimiento de las normas que administran la explotación de los recursos naturales, o la intervención del gobierno para favorecer a grupos extranjeros en la extracción de los recursos.

La riqueza es acumulada por extranjeros por encima de comunidades locales, porque obtienen mayor parte del ingreso. Mientras que los residentes locales sufren los efectos de los daños ambientales: contaminación de ríos, erosión o pérdida de biodiversidad.

El gobierno otorga licencias ambientales que afectan a comunidades, como los indígenas Wayúu en La Guajira para la explotación de carbón, o a los campesinos de Quinchía en Risaralda, para la explotación de oro. Es decir, se observa un país rico, donde vive gente pobre.

Por lo tanto, no habrá paz en Colombia mientras el gobernante de turno halle más incentivos en la sobreextracción de recursos naturales que en garantizar la calidad de vida a sus habitantes a través de la generación de industria, la protección del ambiente y la prevención del desplazamiento.

De lo contrario, los incentivos del gobierno para conducir la economía hacia la sobreexplotación de las tierras fértiles atraerán más empresas formales extranjeras que abusan del ambiente y sus habitantes y grupos ilegales armados que invaden el territorio.

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