¡Cómo no amar a Quinchía!

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Recordar a Quinchía, es traer a la memoria el olor a cafetal que circunda sus campos, embriagarse con el humo que sale de las casitas campesinas, donde confluyen los olores de la carne colgada en horquetas y el café recién preparado con aguapanela.

Soy hija de Quinchía, donde viví mis años de infancia, adolescencia y juventud ¡nunca te olvidaré amado pueblo!

Compartí contigo mis primeros años en plena violencia bipartidista, sentí la amargura que produce el miedo y la desazón de tener que huir desplazados, porque unos pocos, no compartían los arraigos partidistas de mi padre.

Presencié con terror, la llegada de los cadáveres a lomo de mula al Hospital Nazareth, y cómo los niños entre ellos, mi hermano (hoy Médico Especialista en Ginecología), nos agolpábamos para observar las necropsias; allí conocí la anatomía humana y vi la grandeza de Dios en las manos del único médico del pueblo.

La oscuridad ensombrecía a mi pueblo, parecía que todos sus habitantes no veíamos la luz para aferrarnos a la esperanza; pero Dios estaba de nuestro lado, nos envió unos peregrinos de la paz.

“ La virtud, la Ciencia y el deporte “, nos devolvieron la razón de vivir.

El hermano José María Torti, Viajó por todas las veredas, llevando un mensaje de amor unido al deporte; cómo olvidar sus “Encuentros deportivos“, 51 equipos de fútbol se reunieron en Quinchía para la llegada de la paz; ésta se hizo en el pueblo sin odios, sin pactos secretos y sobretodo, sin concesiones; todo fue espontáneo, porque no había de por medio el “yo te doy, tú me das”.

Épocas hermosas vividas allí, pero nuestro espíritu familiar, reforzado por nuestra madre, quedó acendrada la idea de salir adelante, las universidades antioqueñas nos invitaban a afianzar los conocimientos y las virtudes que habíamos adquirido, gracias a nuestros maestros y maestras de la “amada Quinchía”.

Hoy somos profesionales, nunca hemos olvidado de dónde somos.

A mis estudiantes universitarios, les hago partícipe del honor de ser quinchieña y a cada uno de ellos les inculco la idea, de que uno es capaz de llegar donde  se proponga, que el factor económico no es óbice para desistir.

A las nuevas generaciones quinchieñas, miren el horizonte con esperanza: insistir, persistir y nunca desistir.

Por: Doralba Garcés Correa.

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